Por la liberación de la Hispania Transfretana ocupada por el Islam
Hay que recuperar la integridad hispana: finalizar la Reconquista de lo invadido

Mapa de Mauritania Tingitana
La historia de la España africana se remonta cuando menos a tiempos del Imperio Romano, cuando en el año 69 d.C. el emperador Otón agregó la provincia imperial de la Mauritania Tingitana, que tenía su capital en Tánger (Tingis), a la provincia Bética de la Hispania Ulterior y al convento jurídico de Cádiz, llamándola Hispania Transfretana (más allá del fretum -estrecho-).
"El emperador Otón, en prueba de estimación a la provincia de la Hispania Ulterior que él había mandado, y con el fin de que aumentara su comercio y la extensión de su gobierno, en el año 69 d.C. agregó la provincia imperial de la Mauritania Tingitana (que ocupaba dicha orilla sur hasta el río Malva o Muluya, y tenía su capital en Tingis-Tánger) a la provincia Bética y al convento jurídico de Cádiz (aunque posteriormente tuvo convento jurídico propio) llamándola Hispania Transfretana (o que está más allá del Estrecho o fretum). Más tarde, el emperador Vespasiano dividió la Hispania Ulterior en dos provincias: la Lusitania y la Betica, quedando la España transfretana unida a esta última.
Bajo Adriano (117-138), Hispania se dividió en las siguientes provincias: Tarraconensis, Carthaginensis, Gallaecia, Lusitania, Baetica y Mauritania Tingitana. La Tingitania entonces tuvo su gobernador propio, que residía en Tánger y también recibió jurisdicción al crearse el Convento de Tánger. El emperador Caracalla rebautizó esa provincia como Nova Hispania Ulterior Tingitana. Posteriormente, con la reforma administrativa del Imperio que lleva a cabo Diocleciano (284-305) se reorganizó el Imperio creando las llamadas diócesis. Una de ellas fue precisamente Hispania cuya capital, parece que estaba en Córdoba. En el 297 la diócesis de Hispania comprendía las seis provincias antes referidas".
García Figueras. «Marruecos (la acción de España en el norte de África)»
Tras la desaparición del poder romano (430), la Mauritania Tingitana siguió formando parte de Hispania, con la Monarquía hispano-goda, hasta la invasión agarena.
Es comprensible por tanto, que la posterior Reconquista no sólo se dirigiera a recuperar la España peninsular, sino también la provincia hispánica de la Tingitania como muestra, por ejemplo, el Testamento de Isabel la Católica.

Página del Testamento de Isabel la Católica en que pide la continuidad de la Reconquista para liberar norte de Afríca de la invasión agarena
La ocupación islámica de Mauritania ya dura demasiado tiempo. Esta región formó parte del Occidente Cristiano, antes, por ejemplo, que Alemania, Inglaterra, Escandinavia, etc..

Mapa de las provincias romanas de Mauritania Tingitana, Mauritania Cesariense y Numidia.
No hay que renunciar a liberar estos territorios cristianos invadidos y ocupados por la fuerza por extraños que destruyeron la civilización.

Mosaicos en Volubilis (Mauritania Tingitana)
Y, como primer paso, defender los reductos de Ceuta y Melilla, rescatados, como Granada, en el siglo XV, focos de libertad del Africa invadida por el Islam
Manuel Morillo es licenciado en Políticas y Sociología, especializado en Empresariales y Derecho. 17 Augustus MMX
http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=10422
+++
La creación de la Biblioteca de Santa Escolástica se remonta al mismo San Benito (480 † 547), patriarca del monaquismo occidental, pues en su regla presupone la utilización de los libros para la lectura privada y comunitaria.
Sin embargo, de allí los primeros libros se perdieron a causa de las devastaciones de los sarracenos (mahometanos) a mediados del siglo IX.
+++
«En materia de derechos humanos ‘derechos fundamentales’ (que la experiencia histórica de la humanidad indica como tales), no cabe la reciprocidad ni el voto mayoritario. La libertad religiosa, nos guste o no, es un derecho fundamental, siempre y cuando respete la dignidad suprema de cada hombre y mujer».
+++

Orgullo gUay
Guillermo Moreno Pérez – 20.VII.2010
Me da lo mismo que me llamen homófobo, fascista u hombre de la caverna. Pero igual que algunos no se quitan de la boca el "a quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga, yo soy así, nunca cambiaré", yo también voy a ejercer el sagrado derecho de la libertad de expresión para escribir lo que me da la real gana. Espero que a algún grupo no le importe lo que yo diga y menos aún lo que yo haga.... como tanto reclaman ellos (los gUays). Tengo el mismo derecho a mostrar mi opinión que ellos a ponerse el tanga de leopardo y pegar botes desatados. Y si les importa, ajo y agua.
Me da mucha pena el día del Orgullo gUay por muchos motivos. Me produce repelús ver a los osos peludos subidos a las carrozas, grima ver a las musculocas con los taparrabos de cuero, a los travestis morreándose, a los truchas locos multiplicando hasta el infinito su pluma y a las lesbianas marimachochos metiéndose mano a las seis de la tarde delante de La Cibeles. Son libres, hacen lo que quieren y están en su derecho. Perfecto, pero si esa es la manera de estar orgullosos de algo, me parece muy triste.
No me entra en la cabeza que estos señores tengan durante 4 días colapsado un barrio céntrico de Madrid obligando a muchos de sus sufridos vecinos a marcharse a otra parte para no volverse locos. Ya sé que me dirán que no mire y que no asista a la fiesta. Es lo que hago. Ya asístí a unas cuentas cabalgatas durante varios años y prometí no volver más ante la degeneración que se veía por allí... Y no, no soy un curilla mojigato, ni un neocom liberal, ni un pardillo asustadizo.
Es un placer dialogar, tomar copas, hablar de cine, de política, de música, de ropa o de fútbol, con mis conocidos homosexuales que huyen como de la peste de Madrid durante los días de ´su´ semana. Les molesta que lo que comenzó hace años como una reivindicación de derechos se haya convertido en un circo y una pantomina que no hace ningún bien al colectivo ante la opinión pública. "Homosexual es el catedrático de derecho, el redactor de un periódico o el jefe de cirugía de un hospital. Eso es lo que tiene que tener claro la sociedad. Lo que es un gran error es que la gente relacione al mundo gay con el loco desatado que se sube en pelotas a una carroza a mover el culo con desenfreno. Ya somos muchos los que dejamos de ir y cada vez seremos más como las cosas no cambien", me comentaba un amigo dedicado a la moda hace unos días.
Supongo que a toda la progresía le daría mucha grima una Semana del Orgullo de los heterosexuales, de los antiaborto, de los pro ETA, de los nazis, de los amantes del pescaíto frito o de los devotos del botellín de Mahou, que posiblemente sean bastantes más que los gUays. Estos colectivos, si se lo proponen, también podrían tener su derecho a manifestar aquello de lo que están orgullos.... ¿Qué diría Zerolo si hubiese una semana del Orgullo de la raza aría y Madrid se llenase de fascistas y skinheads brazo en alto venidos de toda Europa? ¿O una semana del orgullo anorexico y se llenase de adolescentes de 32 kilos con brazos como palillos reclamando su derecho a morirse digamente de hambre?
Ya tienen casi todo con lo que soñaban: se pueden casar, ocupan ministerios, son un lobby con poder, son una moda, pero, como los nacionalistas, siempre quieren más. Ahora, el próximo objetivo es luchar para que los transexuales y las lesbianas tengan mayor presencia. El objetivo futuro podría ser que una Carmen de Mairena o una Terremoto de Alcorcón llegasen a ocupar un Ministerio. Tiempo al tiempo.
http://www.intereconomia.com/blog/calana/orgullo-guay
+++
LA VERDAD Y LOS VALORES EN UNA SOCIEDAD PLURAL
Por José Luis del Barco Collazos
Profesor Titular de Filosofía Moral. Universidad de Málaga - Esp.

[Uno de los 10 artículos más visitados durante el año 2002 en www.bioeticaweb.com]
En estos últimos años se ha escrito demasiado de la posmodernidad. Su querencia a un pensamiento de cáscara y superficie, a ese pensamiento débil reacio a entrar en honduras, ha sido vituperada por muchísimos filósofos. Con temple de aventureros invulnerables al riesgo, buen número de estudiosos le han afeado su afán, propio de tiempos de ocaso, no de tiempos que inauguran los azares de un milenio, por arrojar la toalla y no atreverse a seguir ascendiendo hasta esa cima como contienda que reta donde habita la verdad con el bien y la belleza. Pero el blanco adonde apunta la censura de los críticos es al chocante prurito de la posmodernidad de declarar el declive y acabamiento de todo. "Y después de mí la nada", podría ser el epitafio, un epitafio que cierra la amplia puerta del futuro, escrito sobre la tumba del último posmoderno, pues, proclamando el final de la historia, el cristianismo, los grandes meta-relatos, los principios, los valores -e, incluso, el final de Dios-, manifiesta el desconsuelo de las conciencias de ruina que dan carpetazo a todo y que todo lo clausuran. Sin duda son atinadas las censuras de los críticos al prurito posmoderno de dar cerrojazo a todo, lo cual se podría llamar vana manía "postística", pero lamentablemente sólo alcanzan a los síntomas. La causa del desencanto de la posmodernidad, un desencanto de reo que no puede ver la aurora porque la tapa el patíbulo, es la desconfianza en la verdad. Otros recelos podrían mirarse con frialdad, como contempla un poeta abismado en la belleza los laureles de la fama, pero no el de la verdad, pues desconfiar de ella es ablandar los cimientos que sostienen la existencia. Cuando la verdad se oculta, o su luz desaparece del horizonte vital, o se renuncia a buscarla por creer que el hombre es incapaz de descubrirla, o se desconfía de ella por considerarla inútil en el mundo de la técnica, la vida se queda ciega y extravía los criterios para tomar decisiones y encarrilarse a sí misma. Como nave a la deriva, flotando en las crespas aguas a merced del oleaje, los vientos y la corriente, es la vida desprovista del ancla de la verdad: superficial, sin sentido, sin anclaje en las honduras. Grandes tareas aguardan, como ignotos continentes dar la bienvenida a alguien, al hombre de fin de siglo a punto de inaugurar un inquietante milenio, pero ninguna tan grande como la de recobrar la confianza en la verdad.
¿Y por qué hay que rescatar la verdad de su ostracismo? ¿No es tiempo de abandonar su inutilidad espléndida? ¿Por qué seguir cortejando a una amante desdeñosa, que exige vela y silencio, cuando es más fácil lo práctico? ¿No sería más sensato desecharla de una vez y consagrarse a lo frívolo? ¿Cuándo vamos a cambiar el amor a la verdad por el apego a lo útil? El posmodernismo invita al acto de madurez (de madurez revenida como licor que se agria) de dejarse de quereres y darse a lo positivo.
No es conveniente aceptar la invitación posmoderna. Realmente no es posible, pues exige derrumbar un pedestal de la vida sin cuyo apoyo se hunde, como una orquídea sin tallo pudriéndose entre las hojas, en el fanatismo ciego del capricho, la pasión, la veleidad, o las ganas: esos verdes timoneles sin veteranía de mares que no auscultan en los vientos la furia del oleaje. Que esa base de la vida, sobre la que ésta se yergue con aires de lozanía y sin la que amarillea como olmos en otoño, es la sumisa verdad (sumisa porque no obliga a aceptar su don de luz), se ve cuando se repara en la condición del hombre como "ser que verdadea". La verdad, no la lengua, es la sangre del espíritu, pues la palabra no cumple su cometido de unión (o de comunicación) si no es palabra veraz o no se atiene a la ley de la veracidad. La palabra sin verdad envilece su función de acercamiento de almas, y no es el bien peligroso poetizado por Hölderlin, sino misión traicionada y un emisario traidor. En pocas cosas ha puesto el hombre tan grande empeño como en buscar la verdad, y casi ninguna odia tanto como la mentira. ¿Cómo explicar este hecho si la verdad fuera algo secundario para el hombre? ¿Se ama lo baladí y se aborrece lo grande? Igual que buscar el humo, no el rescoldo de las brasas, para una noche de frío, sería anhelar la verdad si ésta fuera una minucia sin valor en la existencia.
Numerosísimos hechos manifiestan como un coro de delatores unánimes que la verdad es el gozne de la existencia del hombre, y éste el ser que verdadea. La filosofía y la ciencia, expresiones del deseo de conjurar el error hallando en la realidad la llave de su secreto, han acompañado al hombre, como instrumentos leales para alcanzar la verdad, desde que éste comenzara a caminar por el mundo. El arte acosa sin tregua la verdad en su esplendor: la acariciada belleza. A ella apunta como proa la creación del artista con su dardo tras lo bello por el país de la lírica, de la pintura o la música. La ética es asimismo búsqueda sin desaliento de la verdad de la acción, de esa verdad que caldea y conforta el corazón conocida como "el bien". Hacia él corren como ríos ansiando ver el océano las esperanzas del hombre. No puede ser de otro modo, pues una sed de sentido como fatiga luchando por bocanadas de aire espolea al alma humana a vencer la sinrazón. Cuando la acción es absurda nos acosa el nihilismo, o rendición a una nada madrastra del sin sentido, y notamos el deseo de descubrir su verdad, que es ver su caudal de bien.
La ciencia, el arte y la ética son síntomas de un anhelo insaciable de verdad. Pero existen muchos más. Por la verdad han luchado con abnegación de yunque que aguanta continuos golpes, con desinterés de mano desprendida, abierta y pródiga, con nobleza como oro confundido con la sangre, los hombres imprescindibles que se admiran de las cosas. Por la verdad han sufrido escarnio, abandono y penas, y por la verdad han muerto (aunque la muerte por ella es nacimiento a una aurora donde no vuelve el ocaso). Por la verdad han sabido lo que realmente libera del yugo de las cadenas. Por la verdad perentoria sobre la vida y la muerte, la presencia agria del mal, la indiferencia del orbe a la llamada del hombre o la actitud de acogida de una Persona a su voz, que Baudelaire anhelaba -"Yo deseo con todo mi corazón creer que un ser exterior e invisible se interesa en mi destino"-, la voluntad de saber se remonta hasta lo último.
Estrechísima es la unión entre el hombre y la verdad. Entre los dos hay un vínculo mucho más indisoluble que los lazos de la sangre. El hombre nutre su espíritu con el bien de la verdad, y la verdad sale a escena en el sediento escenario de la inteligencia humana. Sin nutrirse de verdad, la tensa musculatura del espíritu del hombre se ablandaría poco a poco hasta convertirse en grasa sin temple ni consistencia, y sin el hombre al acecho, como un amante que espera, de la huella del misterio insinuándose en las cosas, no existiría la verdad por carecer de escenario donde exhibir su silueta. Pero un mundo sin verdad, un rayo de eternidad en el orbe pasajero, sería como noche entera, como aversión a la luz, como sombra que no cesa. Para el hombre es aún más grave, más que el ceño del peligro, la ausencia de la verdad del ámbito de su vida. Sin verdad pone en peligro su condición personal.
Ya se ve qué desastroso es marginar la verdad. Darle la espalda es un yerro cargado de consecuencias. Cuando se olvida su rostro por tratarla raramente, o se es indiferente a su continua llamada como clamor repetido por cada una de las cosas, se produce un cataclismo de las bases de la vida que amenaza destruirla. Todo se enreda y trastoca cuando la verdad se va.
Tal vez sea la libertad la víctima principal del desdén por la verdad. Hoy se aprecia como nunca el bien de la libertad, esas alas del espíritu para volar ágilmente burlando la gravedad, sin saber muy bien qué es. Se estima y se desconoce. Eso explica la abundancia de libertades cautivas -individualismo, emancipación, relativismo, hedonismo, subjetivismo-, cuya apariencia de holgura engaña frecuentemente al mirar desprevenido, aunque el que las mira bien descubre bajo su aspecto de invitación a altos vuelos sin tiranas ataduras grilletes de esclavitud y una amenaza de yugos. Las libertades bastardas (bastardas por ilegítimas), o libertades cautivas como puertas paradójicas que al darnos la entrada cierran, obedecen al olvido y ausencia de la verdad. Sin ella la libertad es saltarín desquiciado, acróbata que da vueltas sin avanzar ni un milímetro, funámbulo en el alambre o una pirueta en el aire, no un valor existencial que empeña a un ser de por vida en escarpadas tareas o en la forja de un estilo. La libertad que se obstina en construirse un camino al margen de la verdad, como un pintor alienado que quisiera dibujar, para que duraran siempre, sus pinturas en la arena, es libertad aparente, igual que la vaina hueca es simulacro de mies, y traiciona su destino. Es libertad sin sentido. ¡Qué la indócil libertad, qué la libertad difícil, qué la libertad ganada, esa soltura del alma para una inmensa tarea, esa agilidad de viento para buscar entre obstáculos los derroteros del bien, sea libertad sin sentido...!. ¿No es eso una gran locura de rumbos extraviados y de veredas perdidas? El remedio al extravío de la libertad vana, la de apariencia ligera porque no tiene substancia y de nada nos libera, es anclarla fuertemente en el mar de buenos fondos de la verdad de verdad, que es siempre insustituible. Tenga yo una independencia de barquilla sin amarras; sea autónomo como un rey de despóticos poderes; carezca de impedimentos para moverme sin trabas por amplísimos espacios; si renuncio a la verdad, seré para siempre esclavo.
A la caída con ruido de la libertad vacua sin sustancia de verdad sigue la de los valores. La verdad riega el valor y, sin ella, se marchita. En la cultura actual el valor también disfruta de amplio reconocimiento. Se habla y se escribe de ellos, hay escuelas filosóficas que los tienen por bandera, se consideran el centro de la buena educación, delimitan la frontera de la política sucia y la política limpia. Hay muchísimas razones para dar a los valores un puesto de privilegio. Son la sustancia moral, como claridad por dentro que alumbra la intimidad invisible de las cosas, que en sí atesora la acción. Los valores manifiestan lo que merece existir. La valentía, la nobleza, la honradez, la rectitud, la belleza, la justicia, la lealtad, el desinterés son la limpieza del mundo, y deberían existir para que no llegue a ser un hediondo estercolero. Que algo vale significa que cuenta con un permiso -un permiso que le otorga su propia capacidad de hacer mejor este mundo- para instalarse en la vida. Pero el valor de las cosas está unido a la verdad. Ella es el suelo nutricio en que arraigan como siembra, y sin ella languidecen como desnutridas hierbas. Los valores sin verdad (¿es que tiene algún sentido un valor no verdadero, o sea, un valor de mentira, o sea, un valor no valor?) pierden su "valiosidad", emborronan sus perfiles, se vuelven indiscernibles de lo contrario al valor. Sin verdad vale igual todo, lo que equivale a decir que nada hay que valga nada. La autonomía del valor, aislarlo de la verdad para realzar su importancia sin apoyos exteriores -empeño tan ilusorio como querer separar la transparencia del agua en la corriente de un río- ha creado ese esperpento al que Spaemann ha llamado civilización hipotética. Todo sería conjetura, hipótesis revisable, sospecha que se abandona hasta presentar la prueba. El valor más estimable -la amistad, el sacrificio, el ánimo generoso, el corazón desprendido, el trabajo solidario, la abnegación de un buen padre, sembrar de belleza el mundo con veneración de músico- valdría según y conforme. Acaso las circunstancias o el interés inconstante, que tienen según parece poder de metamorfosis para hacer malo lo bueno, aconsejen cantar hoy lo que ayer vilipendié.
Hay quien llega hasta el extremo, como el elástico Rorty de difícil acomodo, de estimar incompatibles valores y democracia. Creer firmemente en algo y dar la cara por ello -buscando hacerlo valer con la fuerza desarmada de la razón, del diálogo y de la inerme palabra- es, si hacemos caso a Rorty, una actitud de fanáticos. Valores y tolerancia, o democracia y creencias, son cosas incompatibles como el amor y las trampas. Para ser un buen demócrata, transigente o tolerante, según la opinión sin tino apadrinada por Rorty, hay que estar exonerado de valores y creencias. Es preciso no creer absolutamente en nada, no abrazar ningún valor. Sin corazón de Pilato, un baldío de convicciones que lleva a muerte de cruz a un hombre inocente y bueno (y que además era Dios), no es posible ser demócrata ni ejercer la tolerancia. Para eso es imprescindible fraguarse un alma de paja débil de convencimiento. En el desierto de todo que ha de convertirse el hombre para poder ser demócrata, solamente hay el valor que quiere la mayoría. A la mayoría compete no sólo determinar la titularidad del poder, que sí es competencia suya, y el modo de soslayar que en la sociedad impere la ley ruda de la selva, sino crear los valores. De ella, como de un surtidor, brotan incesantemente a golpe de decisiones. Que la mayoría decide condenar a un inocente e indultar a un malhechor; encaramar al poder a un profesional del odio que iza el pendón del racismo y la tirria al extranjero; enmascarar la justicia como egoísmo de grupo; convertir en ideal para consumo de jóvenes una moral hedonista de adoración a lo light, habrá que irle haciendo un hueco a la injusticia en la ley, aplaudir la xenofobia, cantar el nacionalismo, entregarse a la movida. Si el valor es un producto que crea la mayoría, una tiranía invisible acecha a la sociedad. ¡Ay si un día los valores fueran simplemente acuerdos! ¡Ay si fueran resultado de compromisos y pactos! ¡Echémonos a temblar cuando el valor de la vida -y todos esos valores, sin los que el hombre se infama, que son los derechos humanos- se decida en asambleas! Vivir será estar en vilo temiendo un cambio de acuerdos. Ojalá no llegue nunca ese tiempo de nihilismo en que ya en nada se crea y nada valga la pena salvo lo que dice a coro la voz de la mayoría. Pero si llega algún día, ¿cómo evitar que sea el látigo, en esa versión jurídica que es el código penal, la razón para estimar y respetar los valores, que valen cuando hay acuerdos y no valen si se rompen? ¿Cómo obedecer la ley si su alma no es la justicia? No hay modo de separar valores y democracia. Cuando se divorcian, disolviendo una alianza estrecha como el enlace entre el nenúfar y el agua, sobre cuyo espejo flota y sin la cual se marchita, la democracia se empaña de vahos antidemocráticos, y precisa un adjetivo (aunque la democracia así, con muleta de adjetivos, ha sido siempre una farsa). En este siglo que acaba entre fragores de guerras, se le han puesto muy diversos de los que en este momento no quisiera ni acordarme. Para el nuevo e inicuo rostro de democracia de espaldas al timonel del valor, el que conviene es "vacía". Vacía es la democracia, no fondeada en el valor, cuando su tarea no es realizar los derechos humanos, que son los que la llenan de contenido. Si la democracia a secas apunta hacia una utopía, hacia la utopía posible de hacer una sociedad en cuyo centro esté el hombre y sus derechos sagrados completamente inviolables -porque emanan de una fuente con un origen muy alto que se llama dignidad-, la democracia vacía engendra una anti utopía llamada utopía banal. Ya la terminología, llamar banal a lo utópico, que es empeño de quijotes en procurar acomodo en la historia a lo imposible, es una ofensa al lenguaje y una afrenta a la palabra, pues exige conciliar un sustantivo preñado y un adjetivo vacío. Pero es aún más insultante, más que avergonzar a un padre estando su hijo delante, la realidad que refleja: la frivolidad moral como tarea por hacer en los tiempos sin valor, belleza, verdad y bien. Como un héroe acobardado, oculto entre matorrales sin atreverse a hacer frente a los riesgos y al peligro para salvar a un amigo, es una utopía banal: falsa, aparente, fingida, postiza, de pacotilla, manchada por la pasión de cortejar a lo frívolo. A ese extremo de abyección se llega cuando se expulsa el valor y la verdad de la sociedad política.
Todo se muere en el mundo cuando la verdad se va. Se queda a obscuras, como la noche sin luna o el corazón sin amor, si la verdad no lo alumbra. Todo se oculta y enturbia: la libertad, la persona, el valor, la democracia...y aparece un nihilismo como afilada guadaña para segar por igual -pues nada hay que valga nada- la hierba buena y la mala y rehuir los compromisos. Con ese flojo bagaje como un hatillo de aire, en que el ajuar se dispone siguiendo severamente la ley del relativismo, se pretende resolver complejísimos problemas. Uno de los principales es el de la tolerancia. Se dice con mucho aplomo, como hablarían las estatuas, sin mover un solo músculo, que para ser tolerante con la opinión de los otros hay que quitarle importancia. Sólo vacías de verdad, se dice solemnemente, son neutras las opiniones, como miradas daltónicas que todo lo vieran gris, valen todas por igual y resultan aceptables. Una tolerancia así es un auténtico fraude, pues exige despojar a la opinión de su fuerza -de la fuerza sin violencia que emana de la verdad- amansar su rebeldía, domar su fogosidad, hacer que entre en el redil, y reducirla a palabra. Además es un peligro. Si para ser tolerante hace falta reducir mis convicciones a nada, excluyendo los valores y borrando la verdad, ¿por qué es un bien deseable practicar la tolerancia? ¿Tolerancia, intolerancia? ¡Qué más da una cosa que otra si ninguna de las dos vale ni encierra verdad! No. La tolerancia se asienta, igual que se trinca al mástil la navegadora vela, en la roca de un valor y una verdad taxativos: la dignidad personal. La persona, el ser de valor sin precio, es superior a sus actos, y merece un gran respeto. El respeto a la persona, no el gorrón relativismo, que vive como el parásito succionando la verdad, es el principio que obliga a ejercer la tolerancia.
El reto de nuestro tiempo, el diálogo entre pueblos de cultura diferente, sla construcción necesaria de un mundo multirracial donde convivan en paz, como en jardín amistoso los geranios con las rosas, hombres y formas de vida completamente distintos, se quiere afrontar también marginando la verdad. Un nuevo relativismo, llamado ahora cultural, se considera la forma de salvar el pluralismo. Al parecer es preciso indiferencia de hielo ante la exclusividad que las culturas reclaman para que sean respetadas. Pluralismo cultural se confunde con despego o neutralismo sin sangre al valor de todas ellas. Anestesiar la cultura, que nada abulte o resalte, como un mar de indiferencia donde el albatro no vuela, es la obra imprescindible. Si alguna bulle o se agita dando especiales latidos -aunque eso es lo que hacen todas- se produce el estropicio del consenso cultural y la muerte del diálogo. La solución es decir que ninguna vale nada. Sobre ese yerto cadáver -pues negar lo peculiar que tiene cada cultura es reducirlas a momias-; sobre una idea de cultura sin verdad y sin valor, se quiere fundamentar el respeto a todas ellas. Que esto es un error de bulto, como dibujar la aurora con lividez de crepúsculo, es fácil de comprobar. No hay pueblo, cultura o miembro de una minoría étnica; ni individuo entusiasmado con los logros conseguidos por su civilización; ni hombre o mujer con conciencia de pertenecer a un grupo de ancestrales tradiciones, cuyos usos y costumbres han moldeado despacio con un cincel adiestrado por la experiencia y el tiempo el estilo del espíritu de muchas generaciones, dispuesto a pagar el precio de devaluar el tesoro de la propia tradición para que sea respetada. Las culturas se rebelan, como la conducta limpia contra el fango del agravio, contra la nivelación de las distintas culturas -que es como borrar del mapa las señas de identidad- y el expolio de lo propio que el relativismo exige a cambio de tolerancia.
El pluralismo es un hecho que prueba la esplendorosa fecundidad de la vida. Es la gama de colores y el lujo de la existencia. Hay diferentes culturas porque en la vida no rige el fuero de la rutina. La vida humana no tiene un rumbo ya prefijado que haya de seguir por fuerza como los astros la ruta de sus siempre iguales órbitas, o la luz la trayectoria sin desviar ni un milímetro su andadura siempre recta. Tampoco posee un elenco de respuestas uniformes para afrontar los escollos y resolver los problemas, sino un raudal de renuevos con perspicacia de faros para iluminar lo oscuro. Por eso hay muchas culturas, porque hay distintas maneras de afrontar con lucidez el reto de la existencia. El pluralismo cultural es la exhibición en marcha, tal como queda plasmado en las creaciones fácticas -eso que Hegel llamaba el espíritu objetivo- del esplendor de la vida. Es, pues, un grandioso bien. Pero eso no significa que las distintas culturas no se tengan que medir con la magnitud constante de la verdad y el valor.
Un núcleo imperecedero de verdad y de valor, lo que se ha dado en llamar universales culturales, impregna toda cultura. Entre ellas hay parentesco y propósitos comunes. Y hay asimismo valores y verdades elevadas, rasgos supraculturales, que sobrepasan los límites del espacio y el tiempo. Un ejemplo indiscutible son los derechos humanos. Ellos marcan la frontera del apogeo del plural. No hay una versión plural, que incluya quitarla de en medio en algunas circunstancias, del derecho inalienable del ser humano a la vida. De la libertad tampoco puede haber un pluralismo que incluya la esclavitud.
La divisa del futuro es la globalización. A las puertas de un milenio tempestuoso de azares, y en contra del vaticinio de la posmodernidad, se aprecia la necedad de los discursos locales y de los relatos cortos. El sociólogo Ulrich Beck, que medita en el aspecto de la sociedad futura paseando bajo los sauces del tranquilo Englischer Garten, se ha propuesto definir qué es la globalización, y ha llamado la atención sobre la forzosa síntesis a que el nuevo siglo obliga: armonizar el amor debido a la propia tierra, o fidelidad telúrica que se llama las raíces, con la cultura sin límites y amplitud universal que el nuevo milenio anuncia. Bien está ese desafío de barreras suprimidas y obstáculos abolidos; bien está esa sed de espacio para acometer con ganas tareas universales que nuestro tiempo demanda, pues ponen de manifiesto los grandes universales de la verdad y el valor, esas huellas de lo eterno dibujadas en el tiempo.
www.arvo.net - MMX.VII
+++
La virtud de la confianza para mejorar la familia
10 Situaciones para tener, desarrollar y fomentar responsablemente la virtud de la confianza.
20 Sentencias sobre la virtud de la confianza.
2,037 Palabras. Tiempo de lectura 7:25 minutos
La virtud de la confianza es la firme seguridad, apoyada en la virtud de la esperanza, que se tiene en uno mismo, en alguien o en algo. Aunque también podría ser una propia, errónea y vanidosa presunción infundada. Puede existir el peligro del abuso de confianza, o recibir una confianza inapropiada, en el trato con excesivas familiaridades. La confianza puede ser el primer paso hacia el descuido, pero también el primer escalón del éxito. Confiar en todos y en todo es insensato, pero no confiar en nadie ni en nada, es un error.
La confianza bien sentida, produce una gran paz en las personas. Para demostrar confianza o para percibirla, no basta la buena fe, hay que sopesarla, estudiarla y acostumbrarse a practicarla, pues es el sentimiento que se genera en nuestro interior, de poder creer en uno mismo, en una persona o en una cosa. La confianza es un sentimiento imprescindible y una hipótesis, sobre la propia conducta futura y la de otros.
10 Situaciones para tener, desarrollar y fomentar responsablemente la virtud de la confianza: (En próximos artículos desarrollaré cada una de estas situaciones)
La confianza en la familia, recíprocamente ofrecida a, y por los hijos, cónyuge y familiares. Aceptando la unidad familiar, en la pluralidad de los hijos y de los cónyuges. Al ser la familia una unidad de destino de la sociedad, la mutua confianza se convierte en uno de sus principales soportes, para que ésta prospere en todos los aspectos religiosos, económicos y sociales.
La confianza en la economía propia, debe estar soportada con el control de los ingresos, gastos y ahorros, en función de los presupuestos y objetivos establecidos, teniendo en cuenta las posibles variantes externas locales, nacionales e internacionales.
La confianza en la esperanza, aumentando la confianza en Dios y haciendo humanamente lo que se pueda, pero sin olvidar “A Dios rogando pero con el mazo dando”. Valorar y congratularse de nuestras capacidades y posibilidades, pero afrontando los retos y riesgos con prudencia y sensatez.
La confianza en la salud física. Cuidando el cuerpo y la mente, que son el espejo del alma. Constatando las limitaciones propias, para saber ser realistas. Dejar de lado la tensión y el control continuo.
La confianza en la sociedad. Iniciar y mantener relaciones de calidad, donde la comunicación abierta, positiva y sincera sea una constante.
La confianza en las amistades, fomentando las que se pueda confiar e intimar, incluso dándoles una segunda oportunidad de confianza, pues nadie somos perfectos. A los amigos los elige uno, la familia Dios te la da.
La confianza en los negocios, principalmente entre extraños, deben hacerse soportados por la mutua desconfianza. Deben ser especificados, documentados, analizados, comparados y medidos en función de sus circunstancias, costos, riesgos, funcionamiento y resultados. Para eso están los contratos, las cartas de crédito, los avales y las inspecciones.
La confianza en los políticos y oficiales electos, no se les debe otorgar, mientras no demuestren fehacientemente, que cumplen con sus promesas en beneficio de sus votantes.
La confianza en uno mismo, no puede tenerse de forma ciega, tiene que estar sustentada en el conocimiento personal, pues permite mostrarnos tal como somos, sin tapujos ni máscaras o escudos, ya que permite recorrer los caminos de la vida, sin miedo. Mantenerse activos opinando, eligiendo, escogiendo, significándonos. Los que no tienen confianza en si mismo, posponen las decisiones importantes, dando largas a los asuntos difíciles, dejando regueros de cosas sin hacer, por lo que es muy difícil confiar en ellas. Dicen: No hagas hoy, lo que puedas hacer mañana.
La confianza espiritual, como valor religioso y humano, tenemos que aprender a confiar en Dios, porque es nuestra fortaleza, sustento de nuestros ideales, solución a nuestras inquietudes y antídoto contra nuestros males, miedos y dudas. Si depositamos toda nuestra confianza en Dios, nos sentiremos mucho mejor, sin olvidar que debemos obrar responsablemente, por amor al prójimo y por civismo. Pero es muy importante aprender y practicar la confianza en El.
La confianza debe conllevar una gran seguridad, sencillez y llaneza en el trato. Pero estando siempre alertas, para que no se produzcan infidelidades o desconfianzas, motivadas por haber dado excesiva confianza o haber demostrado inexperiencia, afecto, bondad o descuido.
La confianza en la persona amada, tiene que estar presidida por la confianza total, porque amar y querer no es lo mismo. Se ama porque si, porque sale del corazón, por la voluntad. Se quiere por una intención regida por la voluntad y sujeta a nuestras intenciones o intereses.
Los padres tienen que tener, mucha confianza en si mismos, en lo que hacen, en lo que no hacen y en lo que dicen, pues aunque no tengan respuestas a todas las cosas, si tienen que estar abiertos a recibir todas la preguntas. Los hijos siempre están con los ojos y los oídos muy abiertos, para captar todos los movimientos de los padres y así, evaluar la confianza que pueden depositar en ellos. Una vez que los hijos pierden la confianza en sus padres, es muy difícil que la recuperen.
Los padres tienen que proyectar la confianza hacia sus hijos. Después podrán enseñar a los hijos, en función de sus edades y capacidades, a que la tengan en sus padres. Es imposible que los hijos confíen en sus padres, si los padres no lo tienen en si mismo y en sus hijos. La confianza es una virtud que suele tener reciprocidad, es decir, tiene ida y vuelta, pues también se trasmite externamente. Tienen que analizar honestamente el grado de la mutua confianza que existe, en los padres y los hijos, para dialogar y negociar las correcciones necesarias. Poner los medios necesarios, para no quedarse solamente en el “Si se puede” y luchar por el “Si se pudo”. Analizando continuamente, los cambios que se producen en sus relaciones, a medida que van cambiando las edades y las circunstancias.
Los hijos necesitan percibir confianza, seguridad, atención y amor, del entorno en el que viven, pero en especial de los padres, de los familiares y de la sociedad. También necesitan a lo largo de toda la vida, ser escuchados, respetados, valorados, creídos y aceptados como personas únicas, irrepetibles y capaces.
La confianza interna y externa, hay que trabajarlas personalmente. Nos podrán aconsejar sobre cómo tenerla en uno mismo y como difundirla, pero requiere mucho trabajo mantenerla día a día, en las buenos y en los malos momentos. En los momentos difíciles, es cuando se ve bien claro, quienes tienen confianza en si mismos y quienes transmiten y proyectan confianza. Cuando falta la confianza de los padres con los hijos y de los hijos con sus padres, provoca que imprudentemente, se asuman o se ignoren, los riesgos y decisiones cotidianas, con lo cual se va dejando de aprender, experimentar, corregir y vivir la vida.
Los padres para generar confianza en si mismos y después, poder proyectarla en los hijos, de forma que la devuelvan con creces, necesitan practicar y demostrar continuamente las siguientes virtudes y valores humanos, pues no puede existir la virtud de la confianza, si no va precedida de ellos: Abnegación. Aceptación. Alegría. Amabilidad. Amistad. Amor Autenticidad. Autodisciplina. Ayudar. Carácter. Coherencia. Compromiso. Conocimiento. Constancia Cooperación. Disciplina. Criterio. Desprendimiento. Discreción. Ejemplo. Educación. Entrega. Estudio. Ética. Fidelidad. Formación. Fortaleza. Honestidad. Honradez. Justicia. Liderazgo. Madurez. Moral. Orden. Paciencia. Perseverancia. Prudencia. Rectitud. Respeto. Responsabilidad. Sinceridad. Solidaridad. Tolerancia. Verdad.
La confianza depositada en los hijos, tiene que estar sustentada por la veracidad y por la práctica de las virtudes y valores humanos, indicados anteriormente. Los padres pueden dar márgenes de confianza, en determinados temas negociables, pero nunca deben dar confianza a los hijos, en los temas no negociables, los cuales pudieran acarrearles situaciones con resultados graves e irreversibles. (Determinadas amistades tóxicas, dinero mal obtenido, consumo de drogas blandas, fuertes o fortísimas, estilo de vida peligroso, etc.)
Una señal de alerta, para saber si la confianza de los padres ha sido vulnerada por los hijos, es analizar las dudas sobre qué y cómo, se han hecho o se pueden hacer, las relaciones con ellos. La vara de medir a los demás la forma de confianza, tiene que ser la misma que se debe tener para uno mismo. Y si se desconfía de uno mismo, se es escéptico con el otro, puede conducir a una visión negativa de todo y de todos.
Es imprescindible para los padres, que exista una mutua confianza en las relaciones con los hijos y que sean, un verdadero encuentro sereno y cómodo, que posibiliten un enriquecimiento personal y familiar, que permitan vivir a la familia en un perfecto equilibrio armónico y autentico de respeto, amor y cada uno ocupando su sitio, derechos y obligaciones. Pero nunca caer en lo que ahora está tan de moda, de decir que mi hijo o mi padre es mí mejor amigo. Los hijos y los padres no son amigos, son hijos y padres. Seria devaluar mucho el significado de sus relaciones.
La confianza dada por los hijos a los padres es un honor, y no defraudarla es una gran responsabilidad. Mantener día a día la confianza recibida, requiere una buena preparación, estar muy atentos a cualquier signo inicial de desconfianza y estar siempre, dispuesto a explicar y enmendar los posibles errores cometidos, antes de que se hagan más grandes.
Si hay confianza entre padres e hijos, fácilmente se llegará a acuerdos, sobre los temas más difíciles, pues es dentro de la familia y muchas veces en la intimidad y confidencialidad de las conversaciones privadas, donde se hablan con plena confianza los temas más importantes y difíciles de explicar, entender y solucionar, que son los que marcan el presente y el futuro.
Los padres responsables tienen que seleccionar, cuidar y cultivar la confianza con los familiares y amigos, con los que se rodean, para apartarse de las que pudieran obstruirles o minar la confianza, que tienen en ellos mimos y en sus hijos. Muchas veces tendrán que hacer oídos sordos ante mentiras, falacias, sofismas e ignominias, que pudieran destruir la mutua confianza entre padres e hijos.
20 Sentencias sobre la virtud de la confianza:
Confiamos demasiado en los sistemas y muy poco en los hombres.
Confianza es el sentimiento de poder creer a una persona, incluso cuando se sabe que él mentiría en nuestro lugar.
Confiar en todos es insensato; pero no confiar en nadie es una torpeza neurótica y signo de debilidad.
Dichoso el hombre que pone su confianza en Dios.
El hombre que confía en los hombres, cometerá menos equivocaciones, que el que no confía en ellos.
El mayor despeñadero, la confianza.
El que confía sus secretos a otro, se hace su esclavo.
Hay que desconfiar mucho de quien confía poco.
Incluso la supervivencia de una banda de ladrones, necesita la mutua confianza.
La confianza en uno mismo es la base de la vida, si se pierde se pierde la vida.
La confianza en uno mismo, es uno de los secretos del éxito.
La confianza puede ser la madre del descuido.
La obra política más difícil, es obtener la confianza antes que el éxito.
La puerta mejor cerrada, es aquella que puede dejarse abierta con confianza.
No es prudente tener gran confianza en palabras, pronunciadas en momentos de emoción.
No hay amor y entrega sin total confianza.
No se puede honrar de mejor manera a Dios, que a través de una confianza sin limites.
No tener confianza en un hijo, no esperar nada de él, es matar radicalmente su futuro.
Se camina con dos pies; la humildad es el pie izquierdo, la confianza el pie derecho.
Se gana la confianza de aquellos en quienes ponemos la nuestra.
Si tiene algún comentario, por favor escriba a francisco@micumbre.com
Si quiere leer otros artículos complementarios, visite www.micumbre.com Desde el Indice podrá encontrar todos los artículos, por orden de publicación y utilizando el buscador, localizarlos según los temas deseados.
BLOG MICUMBRE.COM www.micumbre.com
Publicado el 14 de Junio del 2010
+++
Fieles islamistas vuelven a ejecutar a otro cristiano en Somalia
El 23 de marzo de 2010 fieles muy devotos y creyentes muy fervientes del Islam, miembros de Al-Shabaab vinculado a Al-Qaeda, asesinaron a Mu´awiye Hilowle Ali frente a su domicilio, en Afgoye –Somalia-.
Fue ejecutado por el mero hecho de ser cristiano. Los fieles del Islam le dispararon a corta distancia, le golpearon en el pecho y en la cabeza. Mu´awiye Hilowle [1]
Nuevamente estos fieles del Islam han cometido una nueva acción por la Yihad en Somalia, el 4 de mayo de 2010 asesinaron a balazos en Xarardheere a Yusuf Ali Nur, un líder de la iglesia cristiana clandestina en Somalia. [2]
Los fieles muy devotos del Islam pertenecientes a Al Shabaab se han comprometido y juramentado a librar Somalia de cristianos, habiendo decapitado a más de una docena.
El cristiano asesinado, Yusuf Ali Nur, deja esposa y tres hijos, de 11, 9 y 7 años de edad.
Al Shabaab, que controla gran parte del centro de Somalia, prohibió recientemente las estaciones de radio de reproducción de música y declaró las campanas fuera de la ley y del timbre que señala el final de las clases de la escuela "porque suenan como campanas de la iglesia"
Yusuf Ali Nur. Líder de la iglesia cristiana en Somalia se estableció en Xarardheere, y se convirtió en el director de la Escuela Primaria Ganane y también enseñaba inglés. Los fieles muy devotos del Islam de Al Shabaab se oponen al uso del inglés, prefiriendo el árabe.
En 2009 los militantes islámicos en Somalia buscaron y en su Yihad asesinaron a más de 15 cristianos, entre ellos mujeres y niños.
El presidente de Somalia, que es considerado por los musulmanes del país africano como moderado, el jeque Sharif Ahmed ha adoptado la Shari´a como ley, y ha decretado la pena de muerte para aquellos que abandonan el Islam y se convierten al Cristianismo.
1] http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=8576
[2] http://www.compassdirect.org/english/country/somalia/18721/
+++
...de la Turquía mahometana y sus atentados a la libertad religiosa...

Y PRETENDE INCORPORARSE A LA UNIÓN EUROPEA
Turquía permite sólo un día de oración al año en una histórica iglesia Cristiana
Un país como Turquía, que pretende incorporarse a la Unión Europea, sigue funcionando con valores ancestrales, hasta el punto que en una iglesia cristiana armenia sólo permite la oración un día al año. La bizantina iglesia de la Santa Cruz, situada en la isla de Akdamar en el lago Van, en el sudeste del país, se inauguró en 2007 tras ser restaurada, con una gran ceremonia a la que asistieron representantes armenios debido a la importancia del templo para esa vertiente del cristianismo.
La Santa Cruz se "abrirá de forma simbólica a la oración el segundo domingo de septiembre de cada año", anunció a los medios turcos el gobernador de la provincia de Van, Munir Karaoglu, y agregó que los armenios eran bienvenidos para la oración el próximo 12 de septiembre.
Pero hasta ahora las autoridades turcas habían argumentado que la basílica de Santa Sofía (Hagia Sofía) de Estambul tiene el mismo estatus que esta iglesia bizantina, también es un monumento y no está abierta para la oración. La Iglesia de la Santa Cruz se considera como el lugar sagrado más importante de los armenios en Turquía y fue construida entre los años 915 y 921 por el rey armenio Gargik I.
http://www.diarioya.es/content/turqu%C3%ADa-permite-sólo-un-d%C3%ADa-de-oración-al-año-en-una-histórica-iglesia-cristiana
+++

el pueblo armenio sufrió el primer horrible genocidio siglo XX por parte de
los mahometanos turcos contra los cristianos armenios, en 1913 - 1915